España y Palestina: una política sin principios un comentario de Rafael L. Bardají


España y Palestina: una política sin principios

Se diga lo que se diga, al Gobierno español le debe de importar bastante poco el Estado palestino. Si de verdad le importara, no apoyaría con su voto que la OLP, que no la Autoridad Palestina, pase de ser una ONG con estatus de observador en la ONU a un Estado con estatus de observador en la ONU. Y digo que le debe de importar poco porque el país que más ayuda a los palestinos, Estados Unidos, no sólo rechaza este paso en falso de Mahmud Abás, sino que se mantiene en su postura de que esta petición “no quedará sin consecuencias”. El Congreso norteamericano discute ya la paralización de los fondos de ayuda con destino Cisjordania. El primer ministro de Canadá ha dicho cosas semejantes e Israel, por supuesto, ha amenazado con dejar de remitir las tasas arancelarias que recolecta en favor de la Autoridad Palestina. Apoyar con nuestro voto el que los palestinos sufran una drástica caída de sus subvenciones y ayudas, la fuente principal de su sustento, es, pues, empujarlos al precipicio. Claro que, ya se sabe, quien bien te quiere te hará llorar.

En segundo lugar, a estas alturas de la película catalana, el Gobierno debe de saber ya que no por declararse uno Estado independiente es, en verdad, un Estado independiente. Por las mismas, por mucho que la Asamblea General de la ONU acepte a los palestinos como Estado observador, tal conceptualización no pasa de lo declarativo y teórico: hoy por hoy, Palestina sigue dividida en dos facciones antagónicas, Fatah en Cisjordania y Hamás en Gaza, y donde gobiernan los buenos, esto es, los interlocutores preferidos de europeos y occidentales, no se dan las características esenciales a cualquier Estado. Es más, siguiendo el paralelismo catalán, si a Más se le decía que su proyecto soberanista rompía con la legalidad constitucional, convendría explicar por qué con Mahmud Abás se hace la vista gorda y se acepta que unilateralmente rompa el juego y las reglas del proceso de paz, tal y como se definieron en Oslo. A mí me resulta muy difícil imaginar cómo se puede avanzar hacia un marco estable, pacífico y duradero –por recurrir a la verborrea tradicional oficial– sin tener en cuenta más que a una de las partes. Si de verdad se apoya el proceso de paz y la solución de los dos Estados se tiene que estar a favor de la negociación y el diálogo. Sin negociación no se llegará a acuerdo alguno. Y premiar en la ONU a quien reiteradamente opta por no negociar supone cimentar la falta de acuerdo.

En tercer lugar, esta operación esconde una grave deshonestidadpor parte palestina. Abás sabe que no va a tener su Estado, se diga, vitoree y vote en la ONU lo que se diga, vote y vitoree. Busca otra cosa. Por ejemplo, que lo desentierren políticamente con una foto bonita y una votación de apoyo para poder defender ante su pueblo que no sólo los de Hamás logran victorias sobre Israel. Aun peor: a lo que aspira a partir de esa votación en Nueva York es a poder recurrir al Tribunal Penal Internacional y denunciar allí a cuantos israelíes se le antoje, a fin de hacerles la vida más difícil y quedar él como el héroe infatigable contra la opresión sionista. Lo que quiere es, al fin y al cabo, poder retirarse con algo que decir sin que le acusen los suyos de corrupto, inepto y cosas peores. Que su Estado tenga por territorio lo que abarca su sillón en la ONU, porque las fronteras con Israel no las ha pactado, ya que rechaza sentarse a negociar, es lo de menos. Mientras se desentierran los restos de Arafat, Abás cree que lo están enterrando vivo, y que o espabilda o sus muchos detractores le dejan en la fosa. De hecho, de no haber sido por los israelíes, ya estaría literalmente en ella.

En cuarto lugar, esta votación también esconde una historia poco honesta por nuestra parte. Se diga o no, empujar a los palestinos a un callejón sin salida y a los israelíes al enfado nada tiene que ver con la problemática de Gaza y Cisjordania. En realidad se trata de una táctica infantil para aparecer como sensibles al dolor del pueblo palestino frente a Israel y ganarse así unos cuantos votos del mundo árabe y musulmán en respaldo de nuestra candidatura a uno de los asientos no permanentes en el Consejo de Seguridad, en lo que anda empeñado Exteriores. Es por eso mismo que el Gobierno sigue sosteniendo la Alianza de Civilizaciones, ese glorioso invento de Zapatero del que el PP se mofó en su día, o se retrata entusiastamente en inauguraciones de centros de diálogo interreligioso, como espléndida muestra de apertura mental a la fe del Profeta. Paradojas de la vida, la última de estas celebraciones tuvo lugar la semana pasada en Viena, la ciudad que puso freno al turco defendiendo la Cristiandad, y que el nuevo centro adopte el nombre de rey Abdulá. De un centro en Riad con el nombre de Don Pelayo ni hablamos, claro.

Por último, siendo medianamente serios, se podía haber pedido a Abás que pospusiera su petición porque este no es el mejor momento para sus piruetas diplomáticas. Hace menos de una semana que llovían los cohetes palestinos sobre suelo israelí. Cierto, desde la Franja de Gaza, dominada por los terroristas de Hamás; pero no es menos cierto que el atentado contra el autobús de Tel Aviv se planeó y originó en Cisjordania, bajo las instituciones de la Autoridad Palestina. Se podría recordar que hace un año Abás intentó lo mismo en el Consejo de Seguridad y sufrió un estrepitoso fracaso; si ahora repite es porque cuenta con el apoyo de las decenas de miembros no democráticos de la ONU. Que le concedamos el apoyo que nunca ha conseguido a cambio de un plato de lentejas y de poder sentarnos en el referido órgano, que, precisamente, le negó lo que ahora le regalamos, resulta poco edificante. Que la concesión de la nacionalidad española a los sefardíes que así lo soliciten se haga coincidir en el tiempo, como una compensación a la comunidad judía, no es sino una burda maniobra poco esperanzadora.

En fin, que se quiera justificar lo injustificable aduciendo que es “lo tradicional” de la diplomacia española requiere una explicación, cuando menos. ¿A qué diplomacia se hace referencia, a la de Franco y la tradicional amistad con el pueblo árabe o a la del Zapatero de kefia al cuello?

Sinceramente, creo que ha llegado el momento de que España abra de una vez por todas los ojos y abandone su tradicional, esta vez sí, actitud cortoplacista y defina sus intereses nacionales con la debida amplitud de miras. En el Norte de África y el Oriente Medio, desde Marruecos a Afganistán, nuestros intereses estratégicos coinciden con nuestros valores, a saber, tolerancia religiosa, libertad económica, igualdad entre hombres y mujeres y oportunidades y progreso para todos. Cuanto hagamos, que sea dentro de esos ejes cardinales. Lo que debe preguntarse el Gobierno en este tema no es sólo si se allana nuestra marcha hacia el efímero estrellato del Consejo de Seguridad, ni si se acerca o no la realidad del Estado palestino, sino si favorece el clima de entendimiento, la aceptación del otro, la apertura mental y social, o no. La respuesta es, desgraciadamente, no. Peor aun: se castiga al único país en toda la zona que sí vive y asume lo que nosotros deberíamos preconizar para todos. No en balde cada vez que se pregunta a los palestinos de Jerusalén Este si prefieren vivir en un Estado palestino independiente o continuar siendo árabes-israelíes, optan abrumadoramente por lo segundo. No seamos más palestinos que los propios palestinos.

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