Expresando el argumento del libro en tan pocas palabras, cabría pensar que Caldwell es un norteamericano republicano, neoconservador e islamófobo que contempla a los europeos como un atajo de ingenuos y decadentes materialistas que en su opulencia han perdido los viejos valores. Tal vez sea todo eso o tal vez sea un periodista que no acepta las reglas de lo políticamente correcto. Sus referencias le presentan como un conocedor de Europa casado con la hija de Robert Novak, conocido periodista, y padre de cinco hijos. Nacido en 1962, se graduó en la Universidad de Harvard en literatura inglesa. Colabora desde hace años en The Weekly Standard, en The New York Times o en The Washington Post. Buenos periódicos aunque de distinta ideología.
Como ya hemos avanzado, La revolución europea comienza realizando un recorrido histórico y económico a lo largo y ancho de una Europa que en los años cuarenta está empeñada en una reconstrucción que necesita mano de obra. Caldwell muestra con eficacia cómo las élites políticas y económicas de los países que tiran de la recuperación organizan programas destinados a reclutar trabajadores foráneos.
Con la llegada de otras culturas en medio de una atmósfera de culpabilidad, la ideología de la tolerancia se ensanchó y se fue construyendo un nuevo orden moral que Caldwell considera basado en la creencia de que todas las culturas son iguales en sus valores y merecen idéntico respeto
Los años cincuenta y buena parte de los sesenta constituyen para Caldwell, por sus premisas confusas y equivocadas, el comienzo del malentendido en la política inmigratoria europea. Como leemos en estas páginas, en esos años las creencias sobre la emigración más extendidas entre los europeos venían de ideas que habían permeado la sociedad a partir de las moderadas, y con frecuencia exitosas, migraciones de finales del XIX y principios del XX: movimientos de población como el de los trabajadores agrícolas polacos a Alemania, o el de los obreros industriales a Francia.
Con ese horizonte de pensamiento, con esas ideas en la cabeza de políticos, financieros y periodistas se iniciaron los programas destinados a reclutar mano de obra. Eran los años de los trabajadores invitados, los llamadosgastarbeiter en Alemania. Dichos programas -Suecia fue el país pionero- eran básicamente acuerdos bilaterales entre los países del milagro económico y los estados en los que faltaba empleo o divisas y sobraba pobreza. El mecanismo era sencillo y estaba regulado con eficacia por los gobiernos implicados: se enviaban delegaciones a las naciones necesitadas con el fin de escoger equipos de trabajadores jóvenes para importarlos por temporadas breves, con frecuencia dos años, pasados los cuales se suponía que la mano de obra se volverían a casa y el ciclo volvía a repetirse.
Alemania no comenzó a importar mano de obra hasta 1955. Llegaron en un primer momento trabajadores italianos, pero en poco tiempo los turcos conformaron el grueso de la inmigración. En los primeros años se instalaban en el país germano varones solteros en su mayoría. Vivían en residencias y trabajaban sobre todo en minas y plantas siderúrgicas de las cuencas del Rin y del Ruhr. Diligentes y cumplidores. Sus jefes estaban contentos con ellos. No se les pagaba como a los nativos alemanes y se suponía que debían rotar. Unos llegaban y otros se volvían contentos a sus casas en Turquía, cuya economía recibía con entusiasmo la llegada de los marcos alemanes. Alemania lideró por volumen y recursos esta etapa migratoria. Su modelo fue imitado y seguido por otros países.
Mediado el texto de La revolución europea, Caldwell muestra con su fluida prosa y sus datos siempre precisos cómo lo que parecía un sistema equilibrado comienza a no ser operativo. Con el paso de los años empieza a levantarse una brecha. Lo que entendían los alemanes, franceses o ingleses nativos por gastarbeiter invitados no coincidía con lo que éstos pensaban de su propia estancia en Alemania, Francia o Inglaterra. La interpretación que los trabajadores emigrados hacían de la invitación recibida y de los derechos y obligaciones que dicha invitación implicaba ya no era la de años atrás.
Dentro del nuevo y numeroso mosaico de culturas inmigradas a Europa, la islámica es la que encarna no sólo el deseo de no integrarse sino la suplantación o el rechazo directo a los valores que conforman la identidad europea
De una u otra forma, con sobreentendidos o sin ellos, Europa Occidental se convirtió en un destino preferente de los movimientos migratorios. Según datos de la International Organization for Migration (IOM), en 2005 había más de 200 millones de inmigrantes, de los cuales Europa acogía a 70,6 millones. Detrás se situaba Estados Unidos con 45,1 millones de inmigrantes.
El problema para Caldwell radica en que esta llegada masiva está transformando Europa y produciendo un cambio que en el futuro tendrá severas consecuencias. En su opinión, los europeos lucharon hasta los años cincuenta del pasado siglo contra la intolerancia y construyeron valores como individualismo, democracia, libertad, derechos humanos y consideración al creciente papel de las mujeres en todos los órdenes. Con la llegada de otras culturas en medio de una atmósfera de culpabilidad, la ideología de la tolerancia se ensanchó y se fue construyendo un nuevo orden moral que Caldwell considera basado en la creencia de que todas las culturas son iguales en sus valores y merecen idéntico respeto.
Dentro del nuevo y numeroso mosaico de culturas inmigradas a Europa (Caldwell se refiere al escribir Europa a los países que componen la Unión Europea de los quince), la islámica es la que encarna no sólo el deseo de no integrarse sino la suplantación o el rechazo directo a los valores que conforman la identidad europea. Caldwell afirma que hay unos 20 millones de musulmanes en Europa si se cuenta a los musulmanes nativos de los Balcanes. Añade que dicha cifra hay que interpretarla a la luz del sociólogo inglés Coleman, según el cual el número de hijos de las europeas es ridículo comparado con la tasa de natalidad de las mujeres musulmanas.
Al argumento demográfico Caldwell añade el religioso. El proceso de secularización europeo no tiene parangón en el mundo. Es tan extenso como profundo. De ahí que en muchas ciudades europeas el núcleo fuerte de población creyente y de práctica religiosa sea musulmán. “En Amsterdam los musulmanes suponen más de una tercera parte de los creyentes religiosos, con lo que superan a los católicos, además de a todas las órdenes protestantes juntas”.
Ni el multiculturalismo holandés, ni la laïcité en Francia, ni el descuido legal benevolente en Gran Bretaña o la meticulosidad constitucional en Alemania resuelven, en opinión de Caldwell, el cambio cultural derivado de la inmigración, sobre todo de la inmigración islámica
Como puede verse, pocas veces un libro aparece en un momento tan oportuno como este verano de 2010. Gadafi visita Italia para hacer negocios con Berlusconi y dice que hay que islamizar Europa. Suena a broma, pero después de leer a Freud sabemos que los chistes encierran deseos del subconsciente. En Francia, un país de 65 millones de habitantes, se calcula que 5,5 millones son musulmanes que rezan y se socializan en 2.100 mezquitas. Los incidentes en la periferia de las grandes ciudades causados por jóvenes de origen norteafricano o el malestar que se observa en los campos de fútbol indican que algo no funciona en el estado europeo que más esfuerzo ha realizado a lo largo de la historia moderna en la acogida de extranjeros.
Tras los doce años (1933-1945) de nazismo, Alemania arrastra una culpabilidad bien alimentada por los medios de comunicación, el sistema educativo y los políticos. No puede extrañar el revuelo que ha levantado la aparición a primeros de septiembre del 2010 del libro de Thilo SarrazinAlemania se desintegra. La prensa de estos días recoge unas declaraciones del ex ministro de Economía de la ciudad Estado de Berlín (2002-2009), miembro del partido socialista (SPD) y vocal de la junta directiva del Bundesbank en las que mediante frases como “la inmigración hace al país más pequeño e idiota”, señala dos problemas que vienen a coincidir con lo expuesto por Caldwell. En primer lugar, el bajo nivel educativo de unos inmigrantes que no se esfuerzan ni por aprender ni por adaptarse a la cultura y a los valores alemanes. En segundo lugar, el crecimiento demográfico de la inmigración islámica es mucho más alto. De creer a La Vanguardia (30/8/2010p.4), Thilo Sarrazin habría afirmado: “Los emigrantes cuestan más de lo que aportan y, entre ellos, los musulmanes son los peores por razones culturales”.
En España este libro cobra un interés especial. Nuestro pasado musulmán, el brutal atentado del 11 de marzo de 2004 o la presión constante de Marruecos caen sobre un país que junto con Alemania y Japón comparte el nivel más alto de culpabilidad del mundo. Si a esto se le añade el golpe inmigratorio de los últimos años de desarrollismo salvaje y se le superpone la amnistía a 700.000 inmigrantes ilegales que el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, concedió en 2005, se entenderá lo conveniente de una lectura que, ajena al pensamiento políticamente correcto y al buenismo imperante, proporciona una visión llena de interés y actualidad.
Christopher Caldwell: La revolución europea. Cómo el islam ha cambiado al viejo continente (Debate, 2010)






















Harlie Thompson, de cinco años, se ha sometido a una cirugía de salvamento después de haber sido pateado en la cabeza por un caballo de un gitano rumano atado ilegalmente
Impactante: Harlie sometido a una operación de tres horas para detener la perforación de su cráneo el cerebro – los cirujanos perforó un agujero en la cabeza para aliviar la presión
Un caballo, similar a la que atacó a Harlie, atados en un espacio público muy cerca de su casa en Buttershaw
Mejor: Harlie ha hecho una notable recuperación después de casi morir cuando fue pateado en la cabeza
Antes del accidente: Harlie tiene la suerte de estar vivo después del terrible accidente que podría haber dejado paralizado




Efectos de la austeridad: Juliana Tsivra con su madre María. María trabajaba en una panadería, pero perdió su trabajo más que hace un año
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Triste: Sofía, un niño que está siendo atendido en refugiados Infantil SOS en Atenas después de ser abandonado
Protestas: La inestabilidad política ha provocado un malestar social enorme y disturbios civiles
Crisis: Grecia ha sido puesta de rodillas por la aplastante deuda que lo ha sumido en el caos político y económico
Triste: Padre Juan, sacerdote de la Iglesia Ortodoxa Griega, dice que nunca ha sido testigo de tanta pobreza
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”Eso es típico, que siempre sabe dar juego a la galería, aunque esté en la cárcel.